El ADN del feto permitirá saber si un bebé tendrá diabetes en la edad adulta

El análisis del ADN de un feto permitirá a medio plazo y con un algo grado de fiabilidad determinar si el futuro recién nacido padecerá diabetes, obesidad o algún tipo de enfermedad del corazón en su edad adulta.

Lo que en estos momentos parece ciencia ficción, será posible gracias al trabajo realizado por un equipo internacional que ha analizado las diferencias genéticas existentes en el genoma de casi 145.000 personas de todo el mundo en un trabajo que publica Nature.

Los investigadores han descubierto que las pequeñas diferencias genéticas tienen un peso mucho más importante de lo que se creía en el peso del bebé al nacer y que, a su vez, estas variaciones en el ADN están directamente relacionadas con el riesgo de sufrir en el futuro patologías metabólicas y coronarias.

Los médicos ya saben por experiencia que si un recién nacido pesa cinco o seis kilos es muy probable que la madre haya tenido durante el embarazo una diabetes gestacional que luego acabará pasando a su hijo, o que los bebés con poco peso también están expuestos a un mayor riesgo en su vida adulta. Son casos extremos, por lo que los científicos limitaron su estudio a criaturas de entre 2,5 y 4 kilos.

En estas franjas fue en las que se vio que la influencia genética es determinante a la hora de tener un mayor o menor peso, incluso más que factores ambientales como la dieta de la madre, si esta es obesa o no o si fuma. "El componente genético es muy importante, mucho más de lo que se pensaba, incluso hasta siete veces más que el propiamente ambiental", ha explicado Juan Fernández Tajes, investigador del Welcome Trust Center for Human Genetics de la Universidad de Oxford y uno de los autores principales del trabajo.

Cuenta La Voz de Galicia, que en el estudio se identificaron cerca de 60 regiones del genoma que estaban claramente relacionadas con las diferencias de peso al nacer. Y estas mismas regiones están implicadas en la diabetes y patologías del corazón.

Se trata de un trabajo descomunal en el que participaron más de 160 científicos que forman parte de una alianza internacional que engloba a seis instituciones científicas de primer nivel, como son las universidades de Oxford, Cambridge, Exeter, Bristol y Queensland, así como el Centro Médico Erasmus de Róterdam. Todos estos investigadores internacionales procedentes de 17 países, forman parte del consorcio Early Growth Genetics (EGG). El estudio fue financiado por más de 120 instituciones, entre ellas la Unión Europea.

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