
Hace dos décadas, la Unesco fijó el 23 de abril como el Día Mundial del Libro y de los Derechos de Autor por ser la fecha, del año 1616, en la que fallecieron Miguel de Cervantes y William Shakespeare, aunque curiosamente estos dos colosos de las letras expiraron en otra jornada distinta.
El escritor alcalaíno murió en realidad en su casa de la calle León de Madrid, un viernes 22 de abril del mencionado 1616, a apenas cinco meses de cumplir los 70 años. El escritor llevaba mucho tiempo enfermo, afectado por males crónicos que se agudizaron al comienzo de aquel año, entre los que destacaba la diabetes.
Se trata de la conclusión a la que ha llegado en su libro Enfermedad y muerte de Cervantes el profesor Antonio López Alonso, catedrático de Traumatología y Ortopedia de la Facultad de Medicina de la Universidad de Alcalá, quien asegura que el escritor presentaba en ese tiempo ganas de beber constantes: "Eso, en terminología médica actual, se denomina polidipsia y es un síntoma típico de la diabetes. La cirrosis hepática y la diabetes le condujeron a la muerte", ha concluido el doctor.
El investigador afirma que "hasta cuatro años antes de morir Cervantes tuvo una gran fuerza vital, pero en ese momento empezó a sentirse cansado, asténico profundo, y sufrió hidropesía, una dolencia por la que se te llena el vientre de líquido". Para López Alonso, esta última dolencia "junto con la astenia profunda", tienen un diagnóstico claro: "Se interpretó ya entonces y también en la actualidad como síntomas de una cirrosis hepática".
Con ese cuadro de síntomas, y tras haber concluido en el mes de marzo su última novela, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, que no llegó a ver publicada, se le recomendó a Cervantes que se marchara a Esquivias, el pueblo de su mujer, Catalina de Salazar, en la provincia de Toledo, a reponerse de sus dolores y fatigas. Pero ni el contacto con el aire del campo ni la dieta del pueblo, entre la que se incluían generosas raciones de vino manchego, le hicieron bien. Más bien lo contrario.
Regresó, por tanto, a los pocos días más exhausto de lo que se fue; sin apenas poder masticar con las seis piezas dentales que le quedaban, el cuerpo arqueado por su columna combada y una sed que no podía apagar ni todo el vino de La Mancha.
Expiró de este modo en la jornada del viernes 22, y al día siguiente fue transportado su ataúd a hombros, con la cara descubierta y vestido con un sayal franciscano de la Orden Tercera, en la que ingresó en su Alcalá natal tres años antes, hasta la parroquia de San Sebastián, en Atocha. Allí se celebró el funeral y continuación se trasladaron sus restos al monasterio de las Trinitarias, donde fueron localizados el año pasado.

