La predisposición genética influye en el riesgo de diabetes tipo 2, pero no explica por sí sola quién desarrollará la enfermedad. Ahora, un estudio de la Asociación Europea para el Estudio de la Diabetes (EASD) ha analizado hasta qué punto dos conductas cotidianas como evitar los ultraprocesados y practicar actividad física regular pueden modificar ese riesgo, incluso en personas con una carga hereditaria alta.
El estudio siguió durante casi ocho años a más de 56.000 adultos para descubrir que reducir los alimentos ultraprocesados y alcanzar al menos 150 minutos semanales de actividad física moderada o vigorosa se asoció con hasta un 70 % menos de riesgo de desarrollar diabetes tipo 2.
El trabajo fue liderada por Wenxin Xu, de la Universidad de la Ciudad de Hong Kong, a partir de datos del Biobanco del Reino Unido. El equipo siguió a los participantes durante un promedio de 7,8 años y registró 926 casos de diabetes tipo 2. Los autores aclararon que la investigación es observacional y sus resultados no prueban una relación directa de causa y efecto.
La ingesta alimentaria se estimó con cuestionarios y la clasificación Nova para identificar los ultraprocesados. La actividad física se midió mediante dispositivos colocados en la muñeca durante una semana. También se emplearon datos genéticos para calcular la susceptibilidad hereditaria a la enfermedad.
Los ultraprocesados abarcan, entre otros productos, bebidas azucaradas, snacks envasados, carnes procesadas y comidas listas para consumir. En el análisis, por cada 10 % adicional de alimentos ultraprocesados en el peso total de la dieta, el riesgo de diabetes tipo 2 aumentó un 7 %. En este sentido, Xu ha afirmado que “la diabetes tipo 2 es causada por una combinación de la susceptibilidad genética de una persona y su estilo de vida”, para agregar que “en lo que respecta al estilo de vida, consumir más alimentos ultraprocesados se asocia con un mayor riesgo, mientras que la actividad física es un factor protector”.
El segundo hábito evaluado fue la actividad física moderada a vigorosa, aquella que eleva la frecuencia cardíaca y respiratoria. Caminar a paso rápido, andar en bicicleta, hacer senderismo, practicar deportes o realizar tareas domésticas y de jardinería que exijan un esfuerzo sostenido pueden entrar en esa categoría. Los participantes que cumplieron la recomendación de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de realizar como mínimo 150 minutos semanales de actividad de esa intensidad tuvieron un 39 % menos de riesgo de diabetes tipo 2 que quienes permanecieron por debajo de esa meta.
En el grupo con riesgo genético alto, mantener baja la proporción de ultraprocesados —alrededor de 11 % o menos del peso total de los alimentos consumidos— se asoció con una reducción de 35 % del riesgo; y alcanzar los 150 minutos semanales, por su parte, se vinculó con una reducción de 33 %. La investigadora destacó que esas conductas pueden modificarse, y ha declarado que “a diferencia de la susceptibilidad genética, la dieta y la actividad física son factores que las personas pueden cambiar”.
La mayor diferencia se observó cuando ambos hábitos coincidieron. Entre las personas con predisposición genética alta, una menor ingesta de ultraprocesados junto con actividad física regular se asoció con una reducción de 49 % en el riesgo de diabetes tipo 2. La reducción llegó a 70 % en el grupo de susceptibilidad genética intermedia y a 59 % en el de susceptibilidad baja. El ejercicio también se vinculó con un riesgo menor entre participantes que consumían una proporción alta de ultraprocesados, definida como cerca de un tercio o más de la dieta por peso.
La investigadora ha precisado que, aun entre quienes tienen alta predisposición genética, comer menos ultraprocesados y practicar actividad física moderada a vigorosa de manera habitual “se asoció con un riesgo sustancialmente menor” de desarrollar la enfermedad.
Los autores remarcaron que se trata de un estudio observacional, motivo por el que los datos no permiten establecer que modificar la dieta o sumar ejercicio haya causado de forma directa la reducción de casos. Además, las características de la población analizada —adultos del Reino Unido con una edad promedio de 69,5 años— deben tenerse en cuenta antes de extrapolar los resultados a otros grupos. No obstante, los hallazgos coinciden con recomendaciones preventivas ya conocidas.


