La evidencia cientifica recogida en los últimos años muestra que, en muchos casos, la diabetes puede dejar de manifestarse a partir de cambios bastante concretos en la alimentación, el movimiento y el descanso, sin necesidad de bisturí ni fórmulas milagrosas.
En este sentido, Osama Hamdy, médico egipcio formado en la Universidad de Mansoura y a cargo de programas de obesidad y diabetes en el Joslin Diabetes Center de Boston, Estados Unidos ha explicado que "la diabetes tipo 2 es como tener termitas en la casa: al principio no da demasiados síntomas, pero con el tiempo genera un daño interno enorme”.
El origen del problema está en la insulina, la hormona que se encarga de sacar el azúcar de la sangre y meterla dentro de las células para que el cuerpo obtenga energía, de manera que cuando ese mecanismo se traba, la glucosa se acumula y termina dañando vasos sanguíneos y órganos. Buena parte de la explicación tiene que ver con una herencia evolutiva que ya no encaja con el mundo actual, y que describe que el organismo fue diseñado para épocas de escasez, no para la disponibilidad constante de comida ultraprocesada y el sedentarismo de las oficinas.
De esta manera, el exceso de grasa acumulada alrededor de los órganos, la llamada grasa visceral, termina generando resistencia a la insulina. Sin embargo, los expertos indican que no hace falta transformarse de la noche a la mañana, y según este especialista, “con bajar apenas un 7 % del peso corporal ya se mejora la sensibilidad a la insulina en un 57 %”.
En su centro desarrollaron un programa de remisión denominado Diabetes Remission Outcomes Protocol, que combina una fase intensiva de tres meses con seguimiento durante casi un año. “El 80% de quienes ingresan en el programa logra la remisión de la diabetes dentro de los dos años”, ha detallado el especialista, quien remarca que cuanto más reciente es el diagnóstico y mayor el porcentaje de peso perdido, mejor es el pronóstico.
Esos resultados están en línea con lo que describió meses atrás la investigadora finlandesa Miina Öhman, que aseguró que "alcanzar entre un 5 % y un 10 % de descenso de peso puede mejorar los valores de glucemia en apenas un par de meses", al tiempo que explicaba que “no dormir lo suficiente y acumular demasiado estrés elevan la glucemia”.
Por su parte, Elizabeth Vaughan, profesora de la Universidad de Texas Medical Branch, en Estados Unidos, recomienda apuntar a entre siete y nueve horas de sueño por noche y sumar técnicas de relajación, ya que la actividad física ayuda desde el ángulo de la mejora de la capacidad de los músculos para absorber la glucosa de la sangre.
En este sentido, Sydney Blount, profesora de la Universidad de Nebraska, resume el espíritu del enfoque, al afirmar que “es importante recordar que la diabetes tipo 2 se puede prevenir, y la prevención es la mejor medicina”.
Ninguno de estos especialistas habla de curas mágicas ni de recetas únicas, sino que lo que proponen es correr el eje de la conversación, y en vez de pensar en la alimentación saludable como una lista de prohibiciones, entenderla como una oportunidad.


