La forma de hablar sobre la diabetes puede influir en el bienestar emocional, la relación con los profesionales sanitarios e incluso en la manera de afrontar el tratamiento. Los expertos advierten de que determinadas expresiones, aparentemente inofensivas, pueden generar culpa, miedo o estigmatización, mientras que una comunicación empática y respetuosa favorece la confianza y el autocuidado.
El lenguaje se convierte de esta manera en una herramienta fundamental para mejorar la atención y la calidad de vida de las personas que conviven con esta enfermedad, de manera que aporta consecuencias que van mucho más allá de la comunicación cotidiana, ya que puede condicionar la percepción de la enfermedad, la autoestima de quienes la padecen y su relación con los profesionales sanitarios.
Esta cuestión ha protagonizado uno de los debates de la III Jornada sobre Diabetes tipo 1, organizada por el Colegio Oficial de Enfermería de Sevilla (ICOES), en la que especialistas y familias han abordado la importancia de una atención sanitaria centrada en las personas.
Durante el encuentro, el psicólogo clínico Francisco Javier Hurtado destacó que el lenguaje constituye una herramienta esencial para establecer una relación terapéutica adecuada y advirtió de que determinadas expresiones pueden favorecer el malestar emocional y los pensamientos negativos. En este sentido, los especialistas coinciden en que la elección de las palabras no es una cuestión meramente estética o de corrección lingüística, sino un componente importante de la atención sanitaria, especialmente en una enfermedad crónica que exige tomar decisiones y mantener cuidados de manera continuada.
Uno de los principales problemas identificados por los expertos es la utilización de expresiones que, de manera consciente o inconsciente, atribuyen a las personas con diabetes una responsabilidad moral sobre su enfermedad o sobre la evolución de sus niveles de glucosa. Términos como «diabético incumplidor», «mal controlado» o «paciente que no se cuida» pueden transmitir una idea de fracaso personal que no refleja la complejidad de esta patología.
Frente a estas formulaciones, las recomendaciones internacionales proponen utilizar expresiones neutrales, como «persona con diabetes», «niveles de glucosa fuera del intervalo objetivo» o «dificultades para seguir el tratamiento», une cambio que permite abordar los problemas clínicos sin convertirlos en juicios sobre el comportamiento individual.
Además, resulta fundamental distinguir entre la diabetes tipo 1, de origen autoinmune, y la diabetes tipo 2, en cuyo desarrollo intervienen factores genéticos, metabólicos, ambientales y relacionados con los hábitos de vida, de manera que asociar indiscriminadamente la diabetes con un consumo excesivo de azúcar o con decisiones personales equivocadas contribuye a perpetuar prejuicios que dificultan su comprensión social.
La influencia del lenguaje adquiere especial relevancia durante la infancia y la adolescencia, etapas en las que el diagnóstico de diabetes tipo 1 puede transformar profundamente las rutinas familiares y escolares. De esta manera, expresiones como «pobrecito», «no podrás comer eso nunca más» o «ahora tendrás que tener muchísimo cuidado» podrían incrementar la sensación de vulnerabilidad de los menores y transmitirles una visión de su enfermedad dominada por las prohibiciones. Por el contrario, explicar la diabetes de forma comprensible, transmitir seguridad y fomentar la autonomía permite construir una relación más saludable con el tratamiento.
La Sociedad Española de Diabetes, a través de su revista científica y divulgativa, insiste en la conveniencia de utilizar un lenguaje neutral, inclusivo y basado en hechos, que contribuya a reducir la ansiedad y mejorar el autocuidado, como modo de sustituir una relación basada exclusivamente en instrucciones y correcciones por otra en la que el profesional sanitario escuche, comprenda las circunstancias individuales y ayude a encontrar soluciones realistas.
Más allá de las consultas médicas, el desafío alcanza también a los medios de comunicación, las redes sociales, las instituciones y el entorno familiar; deforma que la difusión de mensajes simplistas sobre las causas de la diabetes, la utilización de imágenes estereotipadas o la presentación de las personas afectadas como responsables exclusivas de su situación contribuyen a reforzar una visión injusta de la enfermedad.


