La relación entre la diabetes y deterioro cognitivo va más lejor de un mayor riesgo de padecer demencia, de manera que los problemas de memoria, razonamiento o conducta pueden comprometer la autonomía del paciente y la seguridad de su tratamiento.
La detección precoz, los nuevos biomarcadores sanguíneos y las terapias dirigidas contra el alzhéimer están abriendo nuevas perspectivas para el tratamiento de la diabetes, aunque persisten dificultades para trasladar estos avances a la práctica clínica.
La diabetes no solo afecta al metabolismo, y su relación con el deterioro cognitivo plantea un problema clínico que va más allá del aumento del riesgo de demencia, de modo que la pérdida de memoria y de otras capacidades puede comprometer la autonomía del paciente, dificultar la adherencia terapéutica y afectar a la seguridad del tratamiento.
Miquel Baquero, responsable de la Consulta de Trastornos Cognitivos del Servicio de Neurología del Hospital Universitario y Politécnico La Fe de Valencia, ha participado en el 67.º Congreso de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN), y allí presentó una serie de datos que reflejan una asociación significativa entre ambas enfermedades, datos que vienen a decir que las personas con diabetes tienen un riesgo entre 1,5 y dos veces mayor de presentar deterioro cognitivo, mientras que el riesgo de demencia vascular se multiplica por 2,48 y el de enfermedad de Alzheimer por 1,46.
Estas cifras justifican prestar atención a las funciones cognitivas durante el seguimiento de los pacientes, especialmente a medida que aumenta su edad, ya que no todas las alteraciones cognitivas tienen las mismas consecuencias. En este sentido, Baquero diferenció el deterioro cognitivo, entendido como una pérdida de capacidades respecto al nivel previo de la persona, de la demencia, que aparece cuando esas dificultades interfieren con las actividades de la vida diaria. Entre ambos extremos pueden existir fases iniciales en las que el paciente experimenta problemas de memoria, atención u otras funciones sin haber perdido todavía su independencia.
Pero los problemas de memoria no son la única señal de alerta, de forma que el deterioro cognitivo puede manifestarse mediante dificultades para realizar actividades habituales, alteraciones del lenguaje, desorientación temporal o espacial y problemas de razonamiento, además de otros indicios como guardar objetos en lugares inapropiados, no recordar dónde se han dejado o experimentar cambios en el estado de ánimo, la conducta o la personalidad.
Los estándares de atención de la American Diabetes Association (ADA) de 2026 establecen que los adultos con diabetes de 65 años o más deben ser evaluados para detectar un posible deterioro cognitivo leve o demencia en la visita inicial, anualmente y cuando las circunstancias clínicas lo aconsejen. No se trata únicamente de identificar una enfermedad neurológica, sino de comprobar si la persona conserva las capacidades necesarias para gestionar su diabetes con seguridad.
Por otra parte, la coexistencia de alteraciones vasculares y neurodegenerativas puede contribuir al deterioro cognitivo de una misma persona, de ahí la necesidad de investigar sus posibles causas antes de atribuir automáticamente los síntomas a una enfermedad concreta. En este sentido, Baquero describió un perfil de deterioro cognitivo relacionado con la diabetes en el que predominan las alteraciones de las funciones ejecutivas sobre los problemas de memoria.
Las pruebas de imagen y los biomarcadores aportan información sobre los cambios biológicos asociados al alzhéimer, entre los que destacan la disminución del beta-amiloide en el líquido cefalorraquídeo y el aumento de las proteínas tau y tau fosforilada.
En las personas con diabetes, el estudio resulta especialmente complejo por la posible concurrencia de diferentes enfermedades neurodegenerativas y alteraciones sistémicas, de manera que, según ha eñalado Baquero, "con el tiempo, habrá más marcadores que indiquen qué tienen las personas".
La identificación de los mecanismos implicados adquiere interés para decidir qué pacientes necesitan una evaluación neurológica más específica y qué intervenciones pueden resultar adecuadas. En este sentido, Baquero repasó la importancia del control glucémico, la hipertensión, las alteraciones lipídicas, el tabaquismo, la obesidad y el sedentarismo. Además, el experto ha indicado que la actividad física, una alimentación saludable, el descanso y las relaciones sociales forman parte de las medidas recomendadas.
El neurólogo mencionó diferentes tratamientos antidiabéticos estudiados por su posible relación con la salud cerebral, entre ellos la metformina, los agonistas del receptor de GLP-1 y los inhibidores de SGLT2. Sin embargo, advirtió de que los ensayos clínicos de semaglutida en enfermedad de Alzheimer han ofrecido resultados negativos, por lo que no debe confundirse el beneficio metabólico de estos medicamentos con una eficacia demostrada frente a esta enfermedad neurodegenerativa.
Los resultados presentados muestran una ralentización del deterioro clínico de aproximadamente el 27 % y el 32 %, respectivamente, en las escalas y ensayos utilizados, aunque estos tratamientos no revierten la enfermedad y presentan riesgos que exigen vigilancia, especialmente las alteraciones de imagen relacionadas con el amiloide, que pueden incluir edema y hemorragias cerebrales.


